jueves, 7 de abril de 2011









Devolver la democracia


El sistema electoral español deberá reformarse para depositar el poder de decisión en la ciudadanía


A la mayoría de los españoles no les gusta su clase política y se sienten lejos de ella. Los ciudadanos identifican a los políticos como una casta alejada de la realidad, incapaz de resolver sus problemas y se extiende la percepción de que esa desconfianza está produciendo un evidente desánimo social y un serio desgaste de nuestra democracia.

El próximo 22 de mayo se celebrarán elecciones municipales y autonómicas. Las encuestas vaticinan una gran abstención y corroboran el desafecto de los votantes hacia la clase política. El barómetro del CIS del mes de enero de este año arrojaba unos datos reveladores: para el 68,3% de los encuestados la situación política en España es mala o muy mala, y para el 73,1% seguirá igual o, incluso, empeorará. Nada menos que el 27,3% creen que la clase política se ha convertido en un grave problema en España.

Pero no sería justo señalar a los políticos como los únicos responsables. Nuestro sistema, que proviene de la Ley Orgánica Electoral General de 1985, también lo es. Entonces se optó por un modelo representativo y proporcional que favoreciera la posibilidad de formar mayorías estables de gobierno. Se desistió de los sistemas mayoritarios y se fue a uno de listas cerradas en el que se prima a los grandes partidos y se penaliza a los pequeños. Por otra parte, el carácter cerrado de las listas debilita el debate interno de los partidos en la selección de sus candidatos y empobrece la dialéctica democrática de la sociedad.

El sistema electoral, útil sin duda en la construcción de nuestra democracia, ha perpetuado las estructuras de poder de las dos grandes fuerzas políticas pero cada vez hay más voces que preguntan qué pasa con las otras opciones y con los intereses de las personas. Los grandes partidos organizan sus estructuras internas para conseguir ser más poderosos, convirtiéndose en enormes cuadros de funcionarios donde el debate, el discurso, la disidencia, las propuestas y los problemas que preocupan a sus bases quedan difuminados y, muchas veces, ocultos. De esa forma, el sistema abre una brecha cada vez mayor entre gobernantes y gobernados.

Ante esta realidad, surgen propuestas para dar más riqueza y calidad a nuestra democracia. En primer lugar, una mayor participación interna en nuestros partidos políticos que los aleje de la personalización del poder. Se trataría, en definitiva, de democratizar las estructuras y el funcionamiento de los partidos, dando a las bases más voz y más posibilidades de influir en el poder. En segundo lugar, unas listas electorales abiertas y la generalización de un sistema de elecciones primarias en todos los partidos devolverían parte del poder de decisión a la ciudadanía. Por último, un sistema de circunscripción electoral reducida, quizás imitando el modelo británico, exigiría del diputado respuestas individuales claras y directas de su gestión política.

Así las cosas, hoy los ciudadanos españoles están muy lejos de sus políticos y no confían en ellos. A la larga, las soluciones, las que fueren, serán más simples de lo que hoy parece. La clase política y la ciudadanía tendrán que entenderse o la democracia estará en peligro. Se trata de encontrar caminos de consenso en el marco de una nueva Transición, esta vez entre políticos y ciudadanos. Aquéllos, los que hoy gobiernan y los que lo harán mañana, deberán reformar el sistema electoral español para devolver el poder de decisión a la ciudadanía. Entonces, les creerán.

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